Comida de barracas políticas

Recuerdo unas jornadas en una ciudad de cuyo nombre no quiero acordarme. Fueron días de intensos debates y charlas, con la consiguiente juerga post-asambleas. Alimento para el espíritu y la mente. ¿Alimento? ¡Ah, sí! Recuerdo vivamente que la comida era lamentable. Un caldero gigante lleno de agua, verduras, y si tenías suerte algún garbanzo que flotaba en ese caldo insulso. Recuerdo tener que acercarnos a un super que había cerca a comprar algo para pasar la tarde. Llevábamos un mundo nuevo en nuestros corazones, pero un montón de porquería en el estómago.

¿Cómo puede ser? Estamos luchando por un mundo mejor e inmersxs en profundas discusiones sobre el cómo, el cúando, el con quién… Y a la hora de alimentarnos tiramos por la vía fácil. Fácil e insulsa. De acuerdo, no es la contradicción más flagrante, pero ahí está.

La cuestión de la comida en el mundo militante ha estado marcada por una serie de características, a saber: Mala calidad de los productos empleados, precios baratos y populismo en la carta. A cualquiera que haya habitado una txozna no le sonará raro esto: Una carta de bocatas con carnes de mala calidad acompañados de pimientos. La oferta vegetariana se reducía al bocata de queso.

Supongo que las razones de esto hay que buscarlas en la cultura militante que ha sostenido esos mismos espacios; sufrimiento por la causa y poca atención a los cuidados. Y es que la cuestión del comer no deja de ser una forma de cuidarse o descuidarse. También puede ser que haya sido una cuestión de precariedad. Y es que muchos de estos espacios contaban con pocos medios. Por no hablar de cierta hostilidad desde las instituciones.

En los últimos años estamos presenciando un giro radical hacia otra forma de alimentarse. No es raro encontrarte con un puesto de comida ecológica en las fiestas de tu pueblo o barrio. ¿Nos hemos vuelto unos pijos? Pienso que no.

La salud se ve cada vez más como una cuestión política, la alimentación y todo lo que la rodea (ganadería, agricultura, industrias derivadas…) como un campo de batalla. Hemos visto surgir una miríada de cooperativas ecológicas, grupos de consumo, personas que se echan al campo y montan su huerta o pequeña granja. Lo ecológico está cada día más presente y no debería de ser solamente una cuestión de poder adquisitivo o un marcador de clase, sino un derecho. En muchos círculos se susurra KM0 y circuítos de consumo cercanos.

Y no son pocos los ejemplos: En el jaigune de los Sanfermines de la comida se encarga la ecoaldea Lakabe y además de los bocatas de carnaza podemos probar pizzas veganas o ensaladas. En la Gazte danbada 2016 se servía comida ecológica. Y algún que otro local del Casco Viejo de Iruñea trata de adaptar su oferta hostelera a estos nuevos tiempos.

Xabier Maeztu