G-U-M-B-O (se pronuncia “gambo”)

Puede que te hayas tragado que la vida es una basura, que es lo que hay y no puede ser de otra manera. Puede que hayas llegado a pensar que un trabajo basura es aceptable (o mejor que ningún trabajo) y que una vivienda basura es aceptable (o mejor que ninguna). Mucho más fácil aún: una comida basura es aceptable. Puede que hayas asumido que en la vida real no hay mucho de dignidad, de sentido o de belleza, que eso son cosas de las películas.

La cocina está ahí para decirte: “y una mierda, colega”. En todos los sitios hay platos que te dicen que eso no es así. Vienen a contarte que antes que tú hubo gente igual de pobre o más. Y que esas personas tuvieron el ingenio suficiente para arrancar placer y saciedad de los mínimos recursos. En el sur de los Estados Unidos de América, por ejemplo, está el gumbo. Hay orgullo en un buen gumbo, y hay memoria. Allá donde se remueve una olla de este guiso explosivo, se celebra un homenaje, una victoria.

Desde que se estableció el comercio a gran escala, el Atlántico se ha convertido en una picadora de carne humana: a través de él han circulado los esclavos, las enfermedades, los refugiados y las guerras. La miseria humana ha surcado el océano en todas direcciones entre las costas de África, las Américas y las metrópolis europeas. Pero la cocina criolla, como la música y las leyendas, nos recuerda que también han circulado la solidaridad, el saber y la dicha. Esa mezcla de productos africanos y mediterráneos, ese mejunje caribeño, nos insiste en que las vidas importan. Y se cuidan a base de pucheros.

Hay mil tipos de gumbo. Nosotras estamos haciendo uno con gallina.

Luis Soldevila Mataix