Perdona, ¿dónde está el baño? En Katakrak está escondido. Nadie lo encuentra a la primera. Sube las escaleras y a la izquierda, la primera puerta. A veces no funciona ni por esas, y hay que volver a preguntar en la mesa de librería. Cada vez que nos pregunten ponemos un euro, hemos dicho en más de una ocasión. Si lo hubiéramos hecho, no estarías leyendo esto.

La sala grande se encuentra, en cambio, con mucha más facilidad. Solo hay que subir las escaleras hasta que no puedas más. Siempre está ahí. Si el ayuntamiento censura una charla y la quieres escuchar, la sala está ahí. Si te pillan haciendo unas pintadas contra el TAV y tienes que cumplir arresto domiciliario, la sala está ahí. Si tus hijos llevan un año en prisión sin una sentencia siquiera y quieres hacer una rueda de prensa, la sala está ahí.

Y cuando el local se vacía, alguien friega el baño, alguien barre la sala y apaga las luces. Si trabajas en Katakrak, cualquier día te puede tocar. No todo es glamur en la cooperativa. Tampoco tienen sentido los sueños de la sociedad de propietarios. El local nunca será nuestro. Mejor dicho, no será un bien de mercado. Trabajamos para pagarlo, pero los estatutos blindan que el edificio tenga un uso social a perpetuidad.

Desde algún punto semisecreto, que pocas personas conocen, se pueden ver las vigas de madera que sujetan el techo. Son como la estructura de un viejo navío ballenero. Impiden que el cielo caiga sobre nuestras cabezas. Pero no es eso lo que sostiene en verdad el proyecto, ni tampoco el trabajo cotidiano de la cooperativa. Con eso solo no alcanza. Hace falta mucha ayuda, generosidad y confianza; muchas manos amigas o eso que llamamos, según costumbre, comunidad. Gente que pinta paredes, traduce libros, friega platos, monta estanterías, arregla enchufes, coloca puertas, trae verduras, comparte recetas, forma grupos de lectura, da buenos consejos o lleva el correo. Sin esa alianza anómala de amistades, familiares, colegas y compas en sentidos varios, habríamos naufragado hace tiempo.

Hacemos equilibrios sobre el alambre, pero siempre con red. Ya sea la red de pequeños productores que abastece la cocina, la de colectivos que se reúnen en la cantina, la de librerías políticas y proyectos editoriales que nos acompañan en múltiples aventuras en la galaxia del libro, la de compañeras y compañeros de otros territorios que nos conecta con saberes y prácticas de emancipación, que es una lucha constante.

Sin esos soportes, olvídate. No habría menús, ni galletas, ni recetas en la web. No habría cartas de Rosa Luxemburg en euskera ni libros sobre el derecho a la ciudad. No habría seiscientas cincuenta horas de voz entre charlas, cursos y radio. No habría una librería así. No habría autonomía. No habría Silvia Federici en Iruñea, ni Lisa Vollmer, ni Keeanga-Yamahtta Taylor. No habría un bafle para discursos radicales. No habría una librería así.

Hay lugares donde lo común habla con las manos. Son lugares que encienden las ciudades. En Katakrak el baño está mal puesto. Pero todo lo demás está en su sitio para volver a querer cambiarlo todo.

Lo tenemos claro: O es contigo o no será.

Radical may

Katakrak en datos

150
Actos al año

1917
Actos en nuestra historia

675
Audios

119
Colectivos/Usuarixs

119
Colectivos/Usuarixs

12.000
Seguidorxs en RRSS

319
ruedas de prensa

40
Eventos #BlackFermin

371
Visitantes al dia

13.352
Personas en los actos

14.799
Menús servidos

29.999
Ejemplares en librería