No pasa nada si a mí no me pasa nada

No pasa nada si a mí no me pasa nada

Luis Felipe Comendador Sánchez

7,00 €

IVA incluido

Disponible

No pasa nada si a mí no me pasa nada

ISBN 9788493687731
Páginas 128
Año 2009
Editorial Editorial Delirio S.l.
Sección Poesía

625
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Fernando R. de la Flor

Pedidle al pensamiento,
que todo lo alivia y lo consuela todo,
remedio y solaz de la aflicción que trajo

Samuel Beckett
traduciendo un aforismo de Nicolás Hamfort


En la estela de los viejos maestros del discurrir concentrado y conceptista hispano, de los que de alguna forma es heredero, Luis Felipe Comendador ha acuñado ahora el «oro de su fino discurrir» en 625 soberbios apotegmas, que tratan de penetrar la clave de la época que nos envuelve, cuanto también sintetizar y dar expresión al repertorio de posiciones y expectativas que cabe adoptar provisoriamente ante ella.
El hecho de que el signo de los tiempos no aparezca definido todavía, y que, al contrario, día a día, el sistema sereno de las viejas seguridades se deshaga en un medio ambiente progresivamente desmaterializado y carente de referencias, no ha operado sus efectos disuasorios hacia las tomas de posición fijas que el texto consigue situar, como si de balizas preparadas para un aterrizaje nocturno se tratara. Prohibiéndose concesiones ternuristas, el autor reaparece de nuevo en la escena de la prosa de no-ficción para dar un golpe de realidad en el momento en que se acentúa el desatado fluir de las fantasías, y un cierto aire de espectralidad se posesiona de todo. Aquí es la vida misma la que se pretende poner «al tablero».
Territorio, sujeto, acción. Las cosas palpables estimulan la pro-ducción de estos aforismos que se atan a nociones de verdad y que tratan de dotar de permanencia al momento frágil: «no te vayas, podría decir LFC, momento hermoso» (del pensamiento); «Quédate día feliz» (hasta que pueda extraer de ti un pensamiento). Y lo dice sabiendo que, entretanto, lo que se ha hecho extremadamente frágil y pasajera en sí misma es la sensación de realidad, envueltos como estamos en una red especular, y espectacular también.


Frente a las fuerzas sumamente desestabilizadoras que gobiernan el momento posmoderno, con el cual no parece comulgar, LFC ha elegido lo epigramático que precisamente tiene la voluntad de permanecer en forma de lápida; en forma de inscripción por un tiempo indeleble. Suponemos que sabe que la estrategia de la modernidad (él, que vive en Béjar, ciudad neo/trans industrializada) es precisamente la de la desterritorialización (en su versión económica: desubicación, deslocalización); pérdida, pues, del referente –de toda referencia–, adiós a lo real-real para favorecer el proceso de hacer abstractos, homogéneos e intercambiables los cuerpos, los objetos, las relaciones, y que puedan entrar así en un mercado definitivamente globalizado, contra el que este pensador de (o mejor: desde) lo pequeño-provinciano-íntimo se rebela.
Frente, pues, a ello, estos textos se alzan como pruebas de existencia (hinc fuit: aquí estuve; esto me fue dado en la forma de un pensamiento), y late en los mismos un principio unamuniano de auto constatación de un «yo» en trance siempre de hemorragia y de pérdida, pero que aquí se defiende de sus heridas por el procedimiento de confesar sus perplejidades.
En medio de la proliferación de sujetos inventados y de mundos virtuales, la persona a la que conocemos como LFC no quiere suscribir el aserto que conduce el camino de los embozados: «avanzo oculto». Y, al contrario, valientemente descubre las guías que conducen su acción de mundo mientras exhibe los secretos de la producción de su presencia; o, más exactamente, procede a revelarse como quien es, o como quien cree ser, pues a LFC no se le escapan tampoco las dificultades que todo sujeto posmoderno tiene hoy para poder llegar a afirmar: «yo soy el que soy». Y es que, en efecto, en el aire de la época flotan muchas más incertidumbres que certezas. De aquellas, precisamente, este libro recoge una buena muestra. Si no existiera Maimónides y el copyright esto podría haberse titulado: Guía de perplejos.
En todo caso, esta obra viene después de otra que podemos considerar preparatoria, inaugural de tal género en el autor –Aráñame–, y respecto a ella y a otras resulta al cabo ser obra que es mayor, y ello dentro de una ya abultada bibliografía de quien primero se ha propuesto (y se ha negado, también, poniéndose y quitándose la importancia de encima) como un poeta, para terminar acreditándose ahora como un hombre, más allá de sentimientos, de pensamiento (y éste no precisamente débil); un hombre de esprit, e, incluso, de esprit-fort. Pues en efecto, tal género ostenta la virtud de que define con precisión el campo de inscripción en el que el sujeto está alojado, y evalúa también las condiciones en que debe (o no) ejercitarse una acción, proponiéndose como marco de una conducta vital. Ello compromete el territorio delicado de una moral, pues verdaderamente amamos el aforismo, el apotegma, la greguería, y ello fundamentalmente porque apunta directamente al corazón o sistema de las tomas de posición de mundo, y además nos recuerdan que urge ese posicionamiento, que es inaplazable el construirlo y no puede pasar un momento más sin determinarse, sin ejercer una decisión, sin instrumentar una lección de vida que nos saque de la indeterminación y del ir de aquí para allá como si fuéramos hojas (cuando somos hombres, y según Shakespeare «hemos nacido para hollar con nuestros propios pies las cabezas altivas de príncipes y dominaciones»). Ello nos sitúa ante una responsabilidad concreta: la de dar cuenta y razón, para que en el silencio no se pueda oír la confesión vergonzante que se lee en un poema de Leopoldo María Panero en forma de dictum definitorio del hombre bajo las condiciones de sombra que le impone el capitalismo espectacular o tardío:
Bufón soy y mimo al hombre.
Al contrario, aquí se contiene y se declina buena parte de la pragmática toda del comportamiento, que bajo la metáfora de la esgrima requiere de un duelista verbal, como lo fue aquél otro llamado Rivarol, pues llega el tiempo de las decisiones y hay que saber, sobre todo, contra quién o a favor de qué definitivamente se está. Ello sitúa esta textualidad infrecuente que en adelante despliega sus efectos al lugar donde le lleva la fuerza de un género en conexión siempre con el universo de una moral y de una filosofía de la acción (y esto lo decimos ahora que la Filosofía, con mayúsculas, está definitivamente cansada). Recuperar la acción y orientar el pensamiento hacia ello, quizá sea la propuesta más revolucionaria que podamos encontrar en este corpus textual de título un poco paradójico, cuando no quizá abiertamente irónico consigo mismo (puesto que declara una cosa infrecuente: que su autor es tan egoísta que sólo se preocupa de los otros).
En efecto, el llamado a la acción, cuyo primer indefectible paso es la escritura pragmatista del aforismo convertido en lema –en eslogan, tal vez, en consigna también en ocasiones–, da respuesta a lo que hasta el día de hoy más ha marcado con su signo negativo el proceso de la modernización (que es, también, el proceso mismo de atenuación y apagamiento aurático de lo más individual y propio). Se ha podido producir, incrementándose, un continuo desaprender de la acción espontánea, y se ha sufrido una pérdida exponencial en el varón de su capacidad de valor físico. Así que, en efecto, de moralidad de la acción se trata, y en su territorio se han refugiado tradicionalmente los grandes aforistas, incluso en el caso de que su moral sea la del libertinaje (y más si es así), como claramente sucede en la escritura apodíctica de la Rochefoucauld, también en el de Chamfort. Por su alto índice de llamada a la acción, las construcciones sintético-verbales de LFC escapan de un uso clásico que a menudo se ha contenido en los límites de este género davídico y auténtico Lilliput conceptual y lingüístico. Pues es verdad que en él todo se presta a contribuir a fortalecer la posición del observador en detrimento de la del actor (en el teatro del mundo, claro). Huyendo de estas pasividades fatales, No pasa nada… introduce un estímulo y aplica una inyección de resurrectina que despierte el organismo embelesado en el espectáculo del mundo y acometa en él las acciones para las que ha sido creado.
Debemos leer en todo ello también una sutil paradoja: la que da salida en esta composición a un «libro enano», como le gustaba llamar a Baltasar Gracián a sus propios libros de materia aforística, que acabaron, como bien se sabe, por contener en estrechos límites formales un universo de referencias en expansión, cuyas severas solicitaciones no han cesado desde entonces de desplegar sus efectos por una cultura como la española, sumamente refractaria al pensamiento desnudo, y proclive siempre a la emocionalidad imprecisa y turbulenta que traen consigo las ficciones. Así que estas obras «pequeñas», esta escasez de materia textual de la que lo epigramático hace primera regla de oro de su existir, podemos pensar que es, al cabo, lo que más impulso pragmático y clara motivación a la acción provoca en un lector que, a comienzos de siglo xxi, en situación confusa, se encuentra huérfano de orientaciones para actuar en el mundo, o siquiera para entender ese mismo mundo. No sería descabellado el asegurar que hay algo en estas miniprosas, en estas «breverías» de LFC que adoptan una fibra confidencial y próxima –como lectura de fraternidad que es– ratificando aquél otro famoso apotegma lusiano,
¡Ay! ¿Yo no te decía:
«recoge Elisa el pie que vuela el día»?
No sorprenda este ataque de ascetismo. Es que los ejercicios de ascesis no parecen ser desconocidos en un escritor que como LFC ha hecho metáfora del enclaustramiento, de la presión a que una cierta posición aislada y de desdén a un orden al que decididamente ha dado la espalda y combate con energía juvenil. Siendo, tal vez, nos parece, esta autovisión la parte más frágil en la construcción de esa presencia que el hombre del Oeste hace de sí mismo, por cuanto en realidad es que ya no hay un «fuera de campo» (ya no hay béjares), ni una exterioridad desde la que se pueda ver el sistema o contemplarlo como si fuera una bola de cristal. De modo que estos «pensamientos» (así les llamaría Pascal o también el gran Joubert) son el resultado fehaciente de un prensado y, siguiendo el modelo y paradigma alcohólico, de una destilación (Alquitara: he ahí un locus) que pretende recoger el espíritu de los días.
El bloggero que ante todo es LFC lleva recorridos ya muchos bites y megas en este trabajo de construcción o en construcción de una conciencia, puesta en pie, retless, diríamos. Estos textos son fragmentos mineralizados y concreciones sintácticas del otro material que día a día se vierte casi en bruto en la forma agustiniana de unas Confesiones en la red de las redes, donde LFC oficia en plan de autoanalista. Propiamente podríamos denominar estos textículos como una suerte de aerolitos. Fragmentos y proyectiles resultados de la deflagración implosiva en combustión lenta del planeta Comendador, los cuales llegan hoy a nuestros ojos después de su travesía estelar y electrónica para iluminar ciertos caminos del ser particularmente oscuros.
Atado a unas convicciones que a la altura de sus años –ay, ya no mozos– son firmes como las de las peñas del Clavero, el sujeto llamado LFC ha penetrado con energía la médula de un género de mucho fuste (y aún mayor, yo diría, que el de la propia poesía) cuya concentración expresiva se hace prohibitiva para los débiles de intelecto y los poseedores de éticas circunstanciales y tremendamente relajadas que repletan hoy la escena de la República de Letras. Sino hay que fijarse en la contundencia expresiva con que han sido históricamente definidos –fueraparte de aquellas otras denominaciones que aquí hemos ya puesto en circulación– como: polen, hojas caídas, cohetes, sentencias, dardos, voces, inscripciones, pensamientos estrangulados, pensamientos repentinos…
Desde Julio Cerón (q p.d.), no habíamos visto un ejercicio de similar contundencia en las letras españolas de ahora, afectadas por un pensamiento fragilizado, débil y sacrificado todos los días a la banalidad, que renuncia a expresar lo inexpresable y confía sólo en llegar a dar inexpresión y sumergir en el caos comunicacional al puñado de evidencias que configuran el hoy. Pero la superior condensación enigmática y jeroglífica que usó aquél otro príncipe de los ingenios españoles en los momentos inmediatos a la climática transición española, se convierte en LFC en un ejercicio de clarificación meridiana, y en deseo de asentar 625 verdades incontrastables que atan y definen al sujeto y determinan la construcción de su presencia y estar en el mundo que conocemos.
Consciente en grado sumo de vivir un momento particularmente destensado y flojo, el estilista (¿o estilita?) del Oeste se pone bronco y suministra descargas semánticas y electroshocks verbales en el cuerpo inervado de una modernidad débil de remos.
En tiempos en que se acentúa la «corrosión del carácter», LFC ha querido ofrecer esta muestra de fortaleza y de confianza en que en el camino que atraviesa el bosque acaso sólo pueda ser aquél que sigue una suerte de línea o líneas rectas, desechando en todo caso todos aquellos otros que giran en torno al gran fuego al que se arriman las muy pequeñas sardinas. De modo que LFC muestra aquí el puñado de fidelidades, de pensamientos firmes que, por si todavía le sirven de algo, le caben a este sujeto problematizado que amanece a un siglo donde lo más característico es la disolución en el aire de todo lo que en él es (o parecía) sólido.


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