Entrevista a Borja Monreal

«Se dice que hay que ser la voz del pobre, y no: lo que hay que hacer es escucharle»

BORJA MONREAL ESCRITOR Y COOPERANTE AL DESARROLLO
LAURA PUY MUGUIRO
Pamplona

El jueves por la mañana, cuando se hizo esta entrevista, Borja Monreal Gaínza acababa de llegar de Bruselas. Él y varios vecinos de Agaete, el municipio de Gran Canaria donde vive —“chiquitito,
precioso, al lado del mar”—, habían logrado que les recibiera la Comisión Europea para revisar el proceso de financiación de la construcción de “un macromuelle” al que el pueblo se opone. “Hay una
esistencia social brutal”, vino a decir el jueves. Después de años viviendo en África e inmerso ahora en el mundo de la cooperación, el estellés Borja Monreal Gaínza ha escrito el ensayo ‘Ser pobre’ porque ha dejado de entender el mundo de otra forma que no sea así. Social, palabra clave a la que sin embargo no tratamos con la importancia que tiene. Lo sabe bien Monreal, inmerso en el mundo de la cooperación. Estellés de 34 años, licenciado en Periodismo y fundador de la ONG SIC4Change, ha vivido en África y ha viajado por todo el continente intentado entender las relaciones humade otra forma que no sea así. Al salir de la universidad me fui a Angola, he estado toda la vida allí y he vivido permanentemente rodeado de miseria, de una pobreza material muy grande. He vivido y compartido la vida de los pobres, y eso te hace ver con otra perspectiva toda tu realidad. Siempre se dice que hay que ser la voz del pobre.
Pero si el problema es social, lo justo es actuar, y por consiguiente es justicia social, una obligación, algo que la gente se merece”, explicaba el jueves. Monreal trabaja en la FAO —el organismo para la agricultura y la alimentación de las Naciones Unidas— y para la Comisión Europea en temas de políticas industriales. Autor de otros cuatro libros (dos premiados con el Francisco Yndurain de las letras y el Benito Pérez Armas de Novela), con Ser pobre quiere “crear un lenguaje común, de empatía”, de conexión con quienes se encuentran en situaciones mucho más duras que las nuestras, llevando al lector de la mano para contar la experiencia de los habitantes concretos que ha conocido por África. Monreal presentará Ser pobre el jueves en la librería pamplonesa Katakrak (19 horas).

¿Quién no tiene que dejar de leer este libro?


Creo que debe leerlo todo el mundo. Su intención es crear un lenguaje común, de empatía, de conectarte con las personas que se encuentran en situaciones mucho más duras que las tuyas.
Cuando volví a España me di cuenta de que es muy difícil hablar con la gente y explicarle la situación de los que viven allí porque, sobre todo fruto de la crisis, se ha perdido la empatía. Empiezo por el último párrafo del libro: “Por primera vez en la historia de la humanidad tenemos los medios, las capacidades y el talento para acabar con la pobreza”.

¡Qué categórico!


Estoy absolutamente convencido y lo veo en los proyectos que hacemos en SIC4Change, proyectos tecnológicos en los que, por ejemplo, aprovechamos para identificar la desnutrición tecnología que se utilizaba para hacer un videojuego. Existen todos los medios, pero ni hay voluntad de hacerlo ni miramos hacia donde tenemos que mirar. Pero es que la falta de voluntad es el gran y viejo problema. No creo que sea una falta deliberada de voluntad sino que no estamos mirando donde deberíamos mirar. Nos preocupamos por cosas superfluas, nuestra vida está centrada en tareas completamente accesorias y, sin embargo, no nos estamos fijando en la realidad, ni en la de otras personas ni en la nuestra, y eso hace que dediquemos los esfuerzos en la dirección equivocada.

¿Por qué tuvo la necesidad de hablar de ser pobre?


He dejado de entender el mundo. Yo no lo creo: cuando hablas con alguien que se encuentra en situación de pobreza, su voz es potentísima. Lo que hay que hacer es escucharle. Es una cuestión de enfoque y de actitud.

¿Qué situación que ha vivido le ha marcado más?


Una reciente y que cuento en el libro es la de la frontera entre Congo y Uganda: en un lugar que atraviesan 1.000 personas al día, un sitio con ébola y con riesgo de contagio increíble, la recepción por parte del Gobierno ugandés, el octavo más pobre de África, es apoyarles, tratarles como ciudadanos, darles tierra, integrarlos en comunidades, no hacer campos de refugiados... Y lo acepta toda
la sociedad en su conjunto, un país con 1,2 millones de refugiados, el segundo con mayor número, un país que ha estado en guerra y está destrozado. Y vas al terreno y hablas con la gente y no veas la normalidad con la que se tratan las migraciones.

Me está describiendo la cara opuesta de Europa.


Totalmente. Aquí es la utilización política de un sentimiento. En el día a día la inmensa mayoría de la gente en España no es racista, sino que ayuda, que es solidaria... Pero se ha creado un imaginario que nos empuja a creer que hay una invasión, cuando en realidad la historia de la humanidad es la historia de las migraciones. Sin embargo, alguien ha visto rentabilidad política utilizando los miedos de la gente, y eso tiene mucho calado.

¿Y entonces?


Esto es igual que la lucha con el feminismo: no hay que dejar perder una oportunidad. Si alguien dice algo o tiene una actitud contraria a quien está en una situación de vulnerabilidad, debes reaccionar; si alguien hace un comentario racista, debes reaccionar. No podemos dejar pasar oportunidades porque cada una es una pequeña victoria para el discurso del odio.

¿Es posible que no entendamos qué es ser pobre?


Tenemos prejuicios sobre qué es serlo. De entrada, tenemos dos conceptos erróneos: que la pobreza es un hecho individual —y culpamos al pobre por su situación— y que el pobre tendría que
tener una actitud diferente para salir de la pobreza.

Imagínese presidente del mundo. ¿Qué es lo primero que haría?


Justicia redistributiva, justicia social: implantar a nivel mundial el mismo sistema que consideramos justo en un país como España. No puede ser que consideremos la redistribución con los más pobres en España pero no a partir de nuestras fronteras. Es moralmente inaceptable. Y la redistribución no es caridad, no es dar dinero por darlo: hay que hacer medidas para que a todos se nos otorguen las mismas oportunidades a lo largo de la vida. Lo que ocurre es que, si defines la pobreza como un problema individual, lo que hace la sociedad para acabar con ella es caridad. Sin embargo, si el problema es social, lo justo es actuar, y, por consiguiente, es justicia social, una obligación, algo que la gente se merece.

“Un cuerpo tarda en morirse de hambre al menos tres semanas”, dice en el libro.


Parto de que la pobreza es relativa: según con quien te compares. Pero hay una pobreza que no es relativa: el hambre. Es un proceso trágico que demuestra que el mundo es estructuralmente injusto: que ocurra a día de hoy y que se permita no es un problema técnico, sino una decisión política de no querer solucionarlo.

Se está enfadando...


¿Cómo no me voy a enfadar? Es dramático. La gente no tiene otra posibilidad que esperar a morirse. No es como un terremoto en el que puedes levantar escombros y salvar a alguien. Alrededor de ti ni hay comida ni posibilidades de acceder a ella, y ves cómo tu gente se muere. Imagina una madre esperando esas tres semanas a que se muera su hijo. Y encima la mente es tan bestial que siempre creen que algo va a pasar y habrá solución, aunque se les haya muerto otro hijo hace unas semanas. Tienen una capacidad de superarse fuera de lo común.

Dice que se sale de la pobreza probando, fallando, aprendiendo y volviendo a probar. Suena a experimento científico.


Tiene que ser de este modo: es muy difícil dar con la tecla, así que debes probar y fallar lo más rápido posible para gastarte el menor dinero posible en el error. Por eso, cuanto antes seas capaz de admitir el error, antes avanzará el proceso de aprendizaje. Y hay que contar con el feedback continuo de la persona para la que trabajas, que debe ser una parte activa del proyecto. En cooperación al desarrollo se usa la palabra beneficiario, lamentable como concepto: haces un proyecto y una persona se beneficia de él, en lugar de ser partícipe de la acción, de sentirse centro del proceso de desarrollo. El problema es considerar a todos los pobres iguales cuando no lo son y cuando cada uno tiene su ruta vital.

En esa falta de voluntad de la que hablábamos al principio, ¿hay posibilidad de revertirla?


Esa voluntad depende de una conversación. Te cuento el caso de una directora de recursos humanos de una gran empresa española a la que un día juntamos a conversar con un grupo de refugiados,
sin saber ella que lo eran. Ellos trabajaban en otro sitio, le contaron su vida y esa mujer rompió a llorar, porque al escucharles te rompes, y decidió diseñar un programa de contratación para refugiados dentro de la empresa. La falta de voluntad es falta de contacto con esa realidad: nadie que lo haga puede permanecer indiferente. El problema es que nos construimos una mentira para aislarnos del problema yque nos permita seguir sin involucrarnos. Pero debemos hacerlopara que los dirigentes políticostomen las medidas adecuadas.

Tal vez deba entregar su libro acada dirigente político...


La clave es la sociedad civil: que exija y demande. Pero eso supone asumir que vas a renunciar a cosas por compartir. Si hablas de justicia social, alguien tiene que perder, y eso pasa por que la gente
esté concienciada, algo muy difícil en esta jaula donde vivimos, intoxicados permanentemente de noticias: se están construyendo imaginarios que permiten a la gente aislarse más y vivir más en su egocentrismo, dándoles una justificación y creándose ese efecto de la caja de eco en que solo escuchas a quienes dicen lo que quieres. No obstante, sigo pensando que se puede revertir.
Lo que hace falta es construir una narrativa muy potente, dar argumentos lógicos y explicar las circunstancias del pobre y el concepto de escasez que a todos nos hace tomar malas decisiones.

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