Salgaien zerrenda

«Un viaje por territorios ignotos»

Por XABIER SAGARDIA - Domingo, 23 de Octubre de 2016 en Diario de Noticias
CONCIERTO DE JOSEBA IRAZOKI Y JON MANTXI
Fecha: 21 de octubre de 2016. Lugar: Librería Katakrak. Incidencias: concierto gratuito con una entrada discreta. Público de todas las edades que escuchó con atención.

Describir con palabras el concierto que el viernes por la tarde ofrecieron Joseba Irazoki y Jon Mantxi en el salón de actos de la librería Katakrak se le antoja a uno muy complicado. Complicado porque giró en torno a la improvisación pura y dura y a la experimentación de sonidos difíciles de clasificar, y porque, es justo reconocerlo, quizá no posea las herramientas necesarias para abarcar y entender lo que vimos y escuchamos con meridiana claridad. Pero, como hicieron ellos, nos desprendimos de corsés predeterminados y nos dejamos llevar y sorprender por esa acción de búsqueda de sonoridades, registros y formas que hicieron llegar a nuestros oídos.

La del viernes fue una tarde que tuvo algo de inquietante conducida por dos músicos que arriesgan (a lo mejor ellos no tienen esa percepción de sí mismos), valientes y exploradores, dos Livingstones que transitan una selva ignota de sonidos que no saben a dónde les llevará y que el oyente es incapaz de anticipar.

Más o menos bajo esas premisas (o no) subió al escenario el bilbaíno Jon Mantxi (excomponente del dúo Gora Japon), que en aproximadamente media hora nos empujó fuera de los márgenes de todo convencionalismo pop armado con su guitarra eléctrica de caja. Comenzó, circunspecto y concentrado, apretando o acariciando con el arco de un violonchelo, por el lado de la madera o de las cerdas, las cuerdas de su guitarra, las demás allá y más aquí del puente, y el cordal metálico.

Luego dejó el arco para rasgar las cuerdas, apretarlas y tensarlas. Colocó un micrófono de contacto sobre la caja de la guitarra que más tarde arrastraría también por el mástil. También hubo silencios. Con los nudillos golpeó el canto de la guitarra, el micrófono antes citado y el mástil, y también la caja, con los dedos. Llegaron los ecos lejanos de una txalaparta. Pero era una ilusión llevada por la necesidad, seguramente estúpida, de encontrar una referente reconocible. También se chupó el dedo índice y acarició con éste otra vez la caja, y jugó con la afinación moviendo las clavijas de la guitarra. El público siguió con atención la actuación de Jon, cuyo pase no sólo tenía que ver con el sonido, sino también con lo gestual. No había melodía reconocible. Tampoco los que allí estábamos sabíamos muy bien cuándo terminaba cada tema. Un tímido “listo” salió de su boca para anunciar que su actuación había concluido. El beratarra Joseba Irazoki también realizó una actuación breve, aunque muy intensa. Joseba es uno de nuestros mejores guitarristas. Su dominio del instrumento lo damos por supuesto, pero es que su visión de la música, inconformista y rebelde, en absoluto acomodaticia, lo hace destacar sobre los demás. Y si, además, sube al escenario con esa cara de que nunca ha roto un plato y te destroza la vajilla entera mientras sonríe con gesto travieso, no hay nada más que añadir.

Sencillo, casi tímido, cogió su guitarra, también de caja, y bromeó en euskera: “En comparación con Jon voy a hacer pop”. Pero lo que vino estuvo muy lejos de ser convencional. Su blues enloquecido y enrevesado es más entendible. Pero nada más. Joseba jugó con el volumen y la intensidad mientras tocaba inclinado sobre la guitarra. Sacó una especie de armónica enorme que sopló e hizo las veces de micro mientras arpegiaba. Era como un ritual chamánico endemoniado, si es que eso se puede decir así. El final de su actuación fue eléctrica y desquiciada y arreciaron los acoples, con el volumen bien alto. Sea en el contexto que sea, merece la pena ver tocar y escuchar a Joseba Irazoki.

Después, Jon Mantxi subió de nuevo al escenario e improvisaron juntos para llevarnos por terrenos desconocidos que, otra vez, intentamos ubicar en vano. Quizá escuchamos el ataque de una serpiente cascabel o nos metimos en una vieja nave Soyuz, o vimos a la niña con el pelo echado hacia adelante de las películas de terror japonesas. Y de pronto acabaron y se miraron como queriendo decirse el uno al otro: “Doctor Livingstone, supongo”.



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